Había una vez un tigre llamado Sharkazán que había nacido y crecido en la sabana africana. Era el rey de África, fuerte y poderoso y todos los animales le obedecían sin rechistar.
Era tanto su poder que poco a poco dejó de correr detrás de sus presas y empezó a dar órdenes para que otros lo hicieran por él. Mientras tanto Sharkazán olgazaneaba bajo la sombra de un árbol durante la estación seca o jugaba con sus amigos en las charcas que se formaban en la sabana durante las lluvias. Así que Sharkazán, antes fuerte y vigoroso, se volvió gordo y torpe y su salud empezó a empeorar. Un día que había estado lloviendo durante horas y horas, haciendo del suelo un barrizal, tanto que los árboles parecían espaguetis dentro de una olla, pues bien, ese día, Sharkazán se dió cuenta de que estaba perdiendo las rayas de su pelaje. Las rayas del pelaje de un tigre son parte de su identidad, lo diferencia de otros felinos, le da esa personalidad especial, entre mágica y terrorífica, que le hace ser el felino más temido de la tierra. Y eso era lo que estaba perdiendo Sharkazán. Al principio no le dio importancia, “yo sigo siendo el mismo, tenga el color que tenga” pero pronto vio que algunos tigres ya no le tenían respeto y poco a poco fue sucediendo lo mismo con todos los animales de la sabana.
Triste y enfadado fue a ver al único animal que todavía le quería. Su madre.
-Madre, mira lo que me ha pasado. Ya no tengo rayas, ya no soy el mismo.
-Si que lo eres, Sharkazán. Lo importante es como eres por dentro, tus pensamientos, tus sentimientos, tus esperanzas.
-Entonces... ¿por qué no me respetan los demás tigres?
-Por que a pesar de ser igual que ellos, ahora también eres diferente y algunos tigres tienen miedo de los que no son como ellos. Y muchos demuestran ese miedo mostrando falta de respeto y violencia
-¿Y que puedo hacer?
-Vuelve a cazar tus presas. Ésfuerzate. No seas cómodo. La comodidad te aleja de tu naturaleza animal.
Y así lo hizo. Con mucho trabajo y esfuerzo, empezó a ponerse en forma otra vez, empezó a recobrar el vigor que había perdido por culpa de su holgazanería y pronto su barriga fue sustituída por fibrosos músculos. Su pelaje se volvió rojizo como el sol que se ponía tembloroso en el horizonte africano. Sin embargo sus rayas nunca volvieron a aparecer.
Los demás tigres vieron que Sharkazán era distinto, pero también vieron que, en lo principal, era igual que ellos, pues cazaba, retozaba y huía de los mismos peligros que ellos así que poco a poco Sharkazán volvío a ser el rey de la sabana.